Sentada en el patio de su casa, Francisca Tejerina , de 87 años comienza a recordar el Camar de su infancia.
"Cuatro, cuatro casas no más había cuando yo ya comprendí. Después estaba mi abuela Julia, eran cinco. Sembraban maíz, trigo y alfalfa. Tenían ovejas, llamos, burros... Los burros eran el transporte. No había huellas, no había vehículos."
Su relato avanza sin prisa. Los nombres de las familias aparecen uno tras otro. Los Tejerina, los Cruz, los Sosa. Recuerda cómo se levantaban las casas de piedra y barro entre familiares, cómo se cargaba el agua en burros y cómo la vida transcurría entre el pueblo y las estancias de altura.
También recuerda las dificultades.
"Para mí cosas bonitas no había. Era todo muy triste. Sufrí mucho. Sufrí hambres, sufrí fríos. Crié a mis hijos trabajando día y noche para poder comprar algo para comer."
Y, después de un largo silencio, agrega con serenidad:
"Ahora sí. Ahora tengo mi cama buena, tengo todo, gracias a Dios."
No hay resentimiento en sus palabras. Hay perspectiva.
A varios kilómetros de allí, en la cordillera donde todavía cuida sus animales, Hilarión mira el paso del tiempo desde otra experiencia. La edad ya no le permite permanecer tantos días en las estancias, pero su vínculo con la montaña permanece intacto.
"Lo que más me gusta es el ambiente. Ya no necesito estar tanto en la cordillera por la edad... pero sí le tengo mucho amor."
Cuando habla de ese paisaje no enumera accidentes geográficos. Enumera vida.
"Vicachas, chinchillas, suris, perdices, vicuñas... de todo animal hay allá."
Y cuando la conversación termina en los niños del pueblo, responde con la misma naturalidad:
"Depende de ellos. Hay que apoyarlos para que salgan adelante."
Entre quienes recuerdan el pasado y quienes construirán el futuro no percibe una distancia. Ve una continuidad.
Algo parecido ocurre cada año durante la festividad de Todos los Santos.
Aurelia Sosa Flores explica una de las tradiciones más significativas de Camar.
"Cuando hay un fallecido reciente, la mesa que se forma es la más grande del pueblo. Se hace dentro de la casa de la familia. Lleva rosquetes, dulce de cayote, panes hechos en horno, coronas y flores. Se reza toda la noche hasta el amanecer."
Al día siguiente, todo aquello se lleva al cementerio, situado junto a la iglesia y al antiguo corazón del pueblo.
Aurelia resume el sentido de esa costumbre con palabras sencillas.
"Lo bonito de esto es que en la mesa tratan de recordarse de todos los lindos y rezarles también."
La memoria, aquí, no pertenece únicamente al pasado. Sigue reuniendo a la comunidad.
Incluso cuando la memoria comienza a desvanecerse, permanece el afecto.
Rosario sonríe cuando escucha su nombre.
—¿Cuántos años tiene?
—"Tengo noventa y cuatro."
Las respuestas siguientes ya no siempre llegan. Pero todas las tardes vuelve a recorrer la calle principal. El pueblo la reconoce. La saluda. La acompaña.
En Camar nadie deja de pertenecer a la comunidad cuando envejece.
Al contrario.
Con los años, las personas se convierten en archivos vivos de una historia que todavía puede escucharse.
La secretaria de la Comunidad Atacameña de Camar, Miriam Soza, lo expresa desde otra perspectiva cuando habla de lo que significa ser Licanantay hoy.
"Ser atacameño significa la vida, la tierra, el territorio y el agua. Significa mantener la tradición, enseñar, potenciar y apoyar a nuestra gente. Significa conectarse con nuestros ancestros."
Esa definición también ayuda a comprender el lugar que ocupan los mayores.
No son solamente quienes recuerdan.
Son quienes siguen enseñando.