La hermana Karol, religiosa de la Congregación Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, del convento Patmos de Toconao, explica el sentido que tienen estas expresiones de fe en los pueblos atacameños:
"Un baile religioso se forma cuando las personas hacen una promesa al santo patrono. Se comprometen a bailar durante años como expresión de fe. Aquí en Camar, el baile más antiguo es la Llamerada, que conserva una forma muy sencilla de acompañar la devoción, sólo con instrumentos de viento y tambor. La devoción a San Antonio tiene muchos años y las personas le piden que interceda por ellas ante Dios."
En este territorio, la danza no reemplaza la oración. Es una forma de orar con el cuerpo, acompañada por la música y compartida por toda la comunidad.
Tradiciones que siguen creciendo
El baile más antiguo de Camar es la Llamerada, una expresión profundamente arraigada en la historia local. Su música conserva un carácter sencillo, basada principalmente en instrumentos de viento y percusión tradicional.
Con los años se incorporó también el baile Tinkus San Antonio de Padua, nacido de una promesa familiar y que hoy reúne a nuevas generaciones de bailarines. Aunque el tinku tiene un origen histórico distinto —relacionado con antiguas ceremonias rituales de los Andes centrales y posteriormente transformado en danza festiva—, en Camar adquirió un significado propio: expresar la devoción al patrono del pueblo y fortalecer la participación comunitaria.
Hoy ambos bailes conviven durante las principales celebraciones religiosas, mostrando que una tradición permanece viva precisamente porque es capaz de seguir creciendo sin perder sus raíces.
Una historia de fe
La historia del baile Tinkus de Camar comienza con una experiencia profundamente personal.
Sandra Flores, fundadora del baile religioso Tinkus San Antonio de Padua de Camar, recuerda que todo comenzó cuando su hijo Ángel enfrentaba una grave discapacidad auditiva y dificultades para caminar.
"Los médicos nos decían que Angelito no iba a caminar. Entonces hicimos una promesa a San Antonio, porque siempre escuchamos que era el santo de las causas difíciles. Con esa fe iniciamos este baile. Hoy, cada vez que bailo, entrego toda mi alma. San Antonio ha hecho obras muy hermosas en nuestra familia y seguimos bailando para agradecerle."
Historias como ésta explican por qué los bailes religiosos siguen convocando a tantas personas. No son una representación preparada para visitantes. Son experiencias que nacen de la vida misma de las familias.
La música que sólo existe entre muchos
La música ocupa un lugar inseparable de estas celebraciones.
En Camar, las lakitas forman parte del paisaje sonoro del territorio. Sus melodías acompañan las fiestas religiosas, las procesiones y otros momentos importantes de la vida comunitaria.
Las comparsas utilizan principalmente zampoñas, cajas, bombos y platillos. A diferencia de una orquesta tradicional, cada músico interpreta sólo una parte de la melodía. El resultado sólo aparece cuando todos escuchan atentamente a los demás y ejecutan su parte al mismo tiempo.
Ignacio Tejerina, integrante de la agrupación Creación Andina de Camar, describe así esta tradición:
"Somos una comparsa de vientos acompañada por caja y bombo. Nos reunimos casi todos los fines de semana para ensayar y acompañar las fiestas del pueblo. Aquí cada uno toca una parte distinta; la música sólo aparece cuando todos participan."
Más que una técnica musical, es una forma de colaboración que refleja la vida comunitaria.
Aprender haciendo
Los bailes religiosos también son una escuela.
Los niños observan a sus padres y abuelos, aprenden los pasos, conocen las melodías y descubren el significado de las promesas. Así, la tradición se transmite de generación en generación sin necesidad de manuales.
Romina Flores Soza, integrante del baile Tinkus San Antonio de Padua, resume esa experiencia:
"El baile es alegre, llama a la gente. Aprendemos los pasos, cantamos mientras bailamos y usamos un vestuario lleno de colores. Nosotros bailamos para San Antonio y también cuando nos invitan a otras comunidades. Lo hacemos por nuestras familias y por el bienestar de Camar."
La preparación comienza mucho antes de la fiesta. Hay ensayos, reuniones y trabajo colectivo. Cada celebración es el resultado de semanas de organización compartida.
Patrimonio vivo
Los bailes religiosos forman parte del patrimonio cultural vivo de Camar.
No permanecen gracias a vitrinas ni museos. Permanecen porque siguen siendo practicados por las familias, porque los jóvenes continúan incorporándose y porque la comunidad encuentra en ellos una manera de expresar su identidad.
La gestora cultural Ilia Reyes Aymani, conocedora de la cultura Lickanantay, observa este proceso desde una perspectiva especialmente valiosa:
"Lo que más me conmueve es ver a la propia comunidad bailando su música y manteniendo sus costumbres. Antes muchas personas pensaban que estas tradiciones ya no tenían sentido. Hoy son las propias comunidades las que vuelven a darles valor y las fortalecen como parte de su identidad."
En Camar, cada fiesta vuelve a demostrar que el patrimonio no pertenece al pasado. Vive en quienes siguen reuniéndose para cantar, bailar, enseñar y celebrar. Por eso, cuando las primeras lakitas comienzan a sonar antes del amanecer, no sólo anuncian el inicio de una fiesta. También recuerdan que una comunidad continúa transmitiendo, con alegría y convicción, una forma de habitar el desierto.