Niñas y niños: los frutos más preciosos del oasis

Niñas y niños: los frutos más preciosos del oasis

"Es un pueblo que vive poquita gente, pero nos ayudamos en hartas cosas."

Tiago lleva una camiseta del club deportivo que le gusta y conversa en medio de la calle principal de Camar mientras su perro va y viene alrededor suyo. Acaba de salir de una clase de karate y, cuando le preguntan por qué le gusta vivir allí, no habla del paisaje ni del desierto. Responde con la naturalidad de quien describe su vida cotidiana.

"Me gusta vivir acá porque es un pueblo que vive poquita gente, pero nos ayudamos en hartas cosas."

Quizás esa sea una de las mejores definiciones de Camar.

Aquí las niñas y los niños crecen con pocas cuadras para recorrer, pero con muchas personas que conocen su nombre. Aprenden desde pequeños que el pueblo funciona porque las familias colaboran entre sí y porque el cuidado de unos termina siendo responsabilidad de todos.

Ser niño en Camar significa descubrir el mundo sin dejar de pertenecer al oasis.

Tiago lo explica con la misma sencillez con que enumera los lugares donde juega.

"Acá puede ir a la escuela, jugar. Tenemos una cancha, otra más abajo, otra de tierra, el estadio nuevo y el gimnasio techado. A veces jugamos en la de tierra o en la de pasto."

Después agrega qué es lo que más disfruta.

"Lo que más me gusta es el fútbol... y a veces ir a la escuela."

La respuesta provoca una sonrisa. No parece preparada para una entrevista. Suena exactamente como hablan los niños.

A varios kilómetros de allí, durante la semana, Inés Cruz estudia tercero y cuarto medio en Calama. Todos los viernes regresa a Camar para reunirse con su familia.

Cuando se le pregunta por el futuro, responde sin olvidar el presente.

"Mi plan sería estudiar y, obviamente, nunca olvidarme de dónde vengo."

Tiene diecisiete años y quiere convertirse en ingeniera. Sabe que probablemente trabajará fuera durante algún tiempo. Pero cuando habla de su pueblo vuelve siempre a la misma idea.

"Estoy orgullosa de haber nacido y criada acá en Camar. No quiero que se pierda el pueblo. Quiero que dure por muchos más años."

Esa manera de mirar el futuro no aparece por casualidad.

Desde pequeños, las niñas y los niños acompañan a sus familias en las fiestas religiosas, conocen el trabajo agrícola, escuchan las historias de sus abuelos, aprenden los nombres de los cerros y de los animales, participan en actividades ambientales y crecen viendo que el territorio forma parte de su propia historia.

Por eso, cuando Inés explica qué significa defender el territorio, tampoco habla de conceptos abstractos.

"Defender lo nuestro. Defender nuestra cultura, nuestra tierra, que al fin y al cabo es de nosotros."

Y enseguida explica de dónde nace esa convicción.

"Mi abuelo, mi papá y mi mamá me criaron con la ganadería y con los cultivos. Y eso es parte de mí."

La infancia también tiene tiempo para jugar.

Antonella Colque Soza, de trece años, espera con entusiasmo la inauguración definitiva de la nueva cancha de pasto.

"Ahora tenemos una cancha nueva. Es grande, es bonita. Ahí se ve todo el pueblo, el desierto, el camino y el salar. Es bueno jugar ahí porque es muy tranquilo."

En Camar el fútbol reúne a niñas, niños, jóvenes y adultos. Los campeonatos con otras comunidades, las clases de karate y las actividades deportivas forman parte de una vida cotidiana donde el encuentro es casi tan importante como el resultado.

Pero crecer aquí también significa aprender a cuidar.

Los más pequeños visitan la Unidad de Medioambiente para observar aves con binoculares, conocer las semillas del algarrobo y preparar las suyas para que algún día vuelvan a convertirse en árboles del oasis. Aprenden palabras del kunza, participan en proyectos científicos sobre agricultura y descubren otras culturas mediante intercambios escolares, sin dejar de reconocer la propia.

La comunidad ha decidido que abrir el mundo a sus hijos no significa alejarlos de su identidad, sino fortalecerla.

Quizás por eso las respuestas de los niños se parecen tanto entre sí.

Ninguno habla de Camar como un lugar del que haya que escapar.

Hablan del pueblo donde juegan, estudian, ayudan, aprenden y al que esperan volver.

Tiago lo resume mejor que nadie.

"Me gusta vivir acá porque es un pueblo que vive poquita gente, pero nos ayudamos en hartas cosas."

Y, unos años más adelante, Inés completa la misma idea desde la mirada de quien ya comienza a construir su propio camino.

"Quiero estudiar... pero nunca olvidarme de dónde vengo."

Entre esas dos voces —la de un niño que descubre el mundo jugando y la de una joven que empieza a salir de él para regresar— aparece uno de los rasgos más profundos de la cultura Licanantay.

En Camar, una comunidad completa acompaña el crecimiento de sus niñas y niños.

Porque ellos son, sencillamente, los frutos más preciosos del oasis.