A pocos metros de la escuela, detrás de la iglesia de San Antonio, otros cinco niños viven sus primeras experiencias educativas.
Tienen entre un año y medio y cuatro años.
Son los párvulos del jardín infantil JUNJI.
Las educadoras explican que el establecimiento responde a una necesidad concreta del pueblo.
"Es importante, porque ambos padres trabajan."
Mientras las familias desarrollan labores agrícolas, comunitarias o vinculadas a distintas actividades económicas del territorio, los niños permanecen en un espacio especialmente diseñado para aprender jugando.
En un rincón funciona una pequeña posta de salud imaginaria.
"Aquí juegan a atender a los muñequitos, a ellos mismos, a nosotros."
Más allá aparecen los materiales con los que descubren el pensamiento matemático.
En otro espacio surgen los instrumentos musicales, los animales del desierto, palabras de la lengua Licanantay y elementos propios de la cultura atacameña.
"Estamos tratando de impartirla."
La identidad comienza mucho antes de aprender a leer.
Ese recorrido continúa naturalmente en la Escuela G-22 de Camar.
Actualmente tiene diecinueve estudiantes distribuidos en dos cursos multigrado.
La matrícula máxima es de veinticinco.
Hace apenas algunos años, una escuela rural de este tamaño difícilmente habría contado con un Programa de Integración Escolar permanente.
Hoy sí.
La educadora diferencial Cesia González trabaja todos los días junto a los estudiantes.
"Yo también fui una estudiante con necesidades educativas. Tengo TDA. Antes había muy poca visualización hacia la diversidad, y creo que parte de nuestro rol es atenderla, visibilizarla e incluir a todos dentro de una misma sala."
Las necesidades más frecuentes corresponden a trastornos del lenguaje, dificultades de aprendizaje y déficit atencional.
Además existe atención permanente de fonoaudióloga y psicóloga, mientras la comunidad proyecta incorporar en el futuro terapia ocupacional.
Para Cesia, el apoyo ya no se limita únicamente a quienes presentan un diagnóstico.
"Los profesionales no solo atienden a estudiantes con necesidades. También realizan talleres para todos."
Pedro Concha observa la escuela desde otra perspectiva.
Conoce su historia.
Los registros más antiguos sitúan su origen el 7 de agosto de 1970.
Al principio funcionaba en una pequeña sala junto a la iglesia.
Los estudiantes de distintas edades compartían el mismo espacio porque no existía otra posibilidad.
Hoy la realidad es distinta.
El edificio actual comenzó a funcionar en 2017.
Las salas incorporan tecnología interactiva, metodologías activas de aprendizaje, proyectos interdisciplinarios y salidas pedagógicas permanentes.
Pero Pedro insiste en que el mayor cambio no está en los equipos.
Está en la forma de enseñar.
"Los estudiantes aprenden de manera más dinámica, con experiencias activas y vivenciales."
Quizá el ejemplo más extraordinario sean los intercambios culturales.
Los niños de Camar ya han viajado a Rapa Nui y al Cusco.
Próximamente conocerán Chichén Itzá, en México.
La UNESCO colabora estableciendo los vínculos internacionales necesarios para concretar estas experiencias, mientras distintas instituciones y empresas del territorio aportan al proyecto.
Las familias no financian el viaje.
La comunidad decidió hacerlo posible.
Pedro conoce bien el esfuerzo que hay detrás.
"Es un gran desafío para todas las familias. Desde gestionar los pasaportes hasta prepararse para viajar. Se genera mucha ansiedad, porque es una experiencia única."
La idea, explica, nunca ha sido solamente conocer otros lugares.
También representar a Camar.
"Los niños muestran la cultura Licanantay y conocen otras culturas indígenas para valorar también la propia."
La experiencia forma parte del currículo escolar.
Historia, patrimonio, ciencias sociales, geografía e identidad dejan de enseñarse únicamente desde los libros.
Ese mismo orgullo aparece en Cesia González cuando habla de sus estudiantes.
"Queremos que todos estén incluidos y que puedan superar las barreras con el apoyo necesario."
Y también en Pedro Concha.
"Nuestra intención es entregarles las herramientas para que, cuando tengan que salir a estudiar, puedan desenvolverse de la mejor manera en cualquier lugar."
La frase parece sencilla.
En realidad resume uno de los grandes desafíos de los pueblos andinos.
¿Cómo preparar a los niños para el mundo sin romper el vínculo con el territorio?
En Camar, la respuesta no consiste en elegir entre tradición y modernidad.
Consiste en enseñar ambas.
Tecnología y lengua Licanantay.
Pantallas interactivas y agricultura de oasis.
Viajes internacionales y memoria comunitaria.
Educación inclusiva y arraigo.
Nada de esto ocurrió por casualidad.
Durante los últimos años, la Comunidad Atacameña de Camar ha decidido invertir sostenidamente en educación: fortaleció el jardín infantil y la escuela, impulsó infraestructura moderna, incorporó especialistas, apoyó el Programa de Integración Escolar, promovió el uso de nuevas tecnologías, estableció alianzas nacionales e internacionales y abrió oportunidades que hasta hace poco parecían impensables para una pequeña localidad del desierto.
Es un esfuerzo que complementa el trabajo del sistema público y que hoy comienza a mostrar resultados visibles.
Porque la verdadera riqueza de una comunidad no se mide solamente por sus recursos naturales.
También se mide por el lugar que decide dar a sus hijos.
Y en Camar, educar a un niño nunca ha sido solamente preparar a un estudiante.
Ha sido una manera de asegurar que el pueblo continúe existiendo.